Si prestaste atención al equipo masculino de fútbol de Argentina durante la Copa Mundial de 2026, con seguridad habrás oído la música de la legendaria cantante argentina de cumbia, Gilda.
La clave era escuchar a los aficionados.
Ya fuera en las tribunas del estadio antes de un partido, en las reuniones entre encuentros (conocidas como banderazos), o en las celebraciones tras una victoria, se veían legiones de aficionados cantando y bailando al ritmo de “La cuarta estrella” (La cuarta estrella).
Las letras, escritas por el músico argentino Pablo Quintana (conocido como Palmito Música), incluían muchos de los mismos guiños que suelen aparecer en las canciones tradicionales de los estadios. Había llamados a “vengar” a Diego Maradona por su sanción en la Copa del Mundo de 1994 y a ganar otra Copa con Lionel Messi (la mencionada “cuarta estrella”), así como homenajes a los veteranos de la Guerra de Malvinas.
¿La melodía pegadiza? Fue el ritmo de “No me arrepiento de este amor” (No me arrepiento de este amor), uno de los mayores éxitos de Gilda y una canción que sigue haciendo bailar a los argentinos décadas después de su lanzamiento.
Pocos hubieran podido prever que en 2026 su música sonara desde las bocinas de estadios de fútbol por todo el país. Pero, como suele ocurrir, la historia de Gilda es un relato único.
Una estrella en ascenso a principios de la década de 1990, cuando la cumbia era abrazada principalmente por las clases trabajadoras y las comunidades inmigrantes, la vida de Gilda se truncó trágicamente al morir en un accidente de carretera en septiembre de 1996, hace treinta años. La tragedia, sin embargo, impulsó su música a alturas insospechadas, convirtiéndola en una fuerza impulsora para que el género llegara a un público más amplio.
Su muerte añadió también una nueva dimensión a su historia, ya que los aficionados desconsolados comenzaron a difundir relatos de hechos aparentemente imposibles que ocurrían gracias a la intervención de la cantante. Los relatos fueron creciendo, dando origen al mito de una hacedora de milagros: Santa Gilda.
Una maestra de jardín de infancia va a una audición
Miriam Alejandra Bianchi, nacida en 1961 en el barrio de Villa Devoto, en la Ciudad de Buenos Aires, inició su vida lejos de la escena musical.
Hija de padres de clase media, Miriam asistió a un instituto católico y al principio intentó obtener un título como profesora de educación física o de jardín de infantes. Este plan se vio truncado por la muerte de su padre a finales de los años setenta, lo que la obligó a conseguir un empleo para ayudar a sostener a la familia. Con el tiempo encontró trabajo como profesora de jardín de infantes y, a mediados de la década de 1980, se casó y tuvo dos hijos, Mariel y Fabrizio.
Sin embargo, la música nunca estuvo lejos de sus pensamientos.
De pequeña, su inclinación artística no pasó desapercibida, y su madre la llevó a tomar clases de baile. Al crecer, Miriam también empezó a seguir la cumbia (también conocida como música tropical), un gusto que, según se dice, a sus padres no les agradaba por los orígenes del estilo musical.
Cumbia, un estilo festivo y pegajoso procedente de Colombia que llegó a Argentina en la década de 1960, fue abrazado sobre todo por comunidades desfavorecidas. Creció lentamente a lo largo de las décadas, con la aparición de locales llamados bailantas que tocaban exclusivamente cumbia en todo el país y la creación de variantes locales como cumbia santafesina y cumbia villera que aportaron una vibra argentina distintiva a la música.
Este movimiento seguía ganando impulso cuando, a comienzos de la década de 1990, Miriam decidió probar suerte en una audición para la voz principal de una banda de cumbia. Consiguió el papel y comenzó a actuar como afición y trabajo paralelo, una decisión contraria a los deseos de sus padres y de su esposo, que según se dice le costó el matrimonio.
Su nombre artístico también nació en esa época. Según el periodista Alejandro Margulis, que escribió dos biografías sobre la cantante, Miriam siempre había soñado con usar otro nombre debido a su fascinación por el personaje interpretado por Farrah Fawcett en la serie de los años setenta Charlie’s Angels: Jill Munroe.
Por ello, Miriam usó en privado el nombre “Jill.” Dado que el español de Buenos Aires hace que la letra “J” suene más como “Sh,” esto hizo que quienes usaban ese nombre la llamaran más bien “Shyll.” Según la versión de Margulis, fue un productor musical peruano con quien buscaba colaborar quien, al preguntarle su nombre, decidió simplificarlo.
“Vas a llamarte Gilda,” dijo, pronuncian-do como se escucha en el español rioplatense: “Shilda.”
De la fama a la tragedia y la santidad
Miriam continuó tanteando como artista mientras mantenía su trabajo diario durante algunos años. En 1992 dejó la enseñanza de forma definitiva y lanzó su carrera en solitario como “Gilda”, acompañada por Juan Carlos “Toti” Giménez, un compositor y teclista que se convertiría en su productor y una fuerza central en su carrera.
Gilda lanzó su primer disco ese mismo año, “De corazón a corazón” (Heart to heart), seguido de “La única” (The only one) en 1993 y “Pasito a pasito con… Gilda” (Step by step with… Gilda) en 1994. Incluido en este último álbum estaba el sencillo “No me arrepiento de este amor”, que se convertiría en un gran éxito y consolidaría su lugar como una estrella en ascenso.
En el mundo predominantemente masculino de la cumbia argentina de la década de 1990, el éxito de Gilda fue una historia singular. No solo cantaba y bailaba ante audiencias poco acostumbradas a ver a una mujer al frente, sino que sus letras también mostraban la vulnerabilidad de la vida desde la perspectiva de una mujer.
Las letras originales de “No me arrepiento de este amor” son un ejemplo de ello.
No me arrepiento de este amor / Aunque me cueste el corazón / Amar es un milagro y te amé / Como nunca jamás lo imaginé (I don’t regret this love / Even though it costs me my heart / To love is a miracle and I loved you / Like I never imagined I could).
Gilda’s was playing to sold-out venues across Argentina and working on a new record when devastation occurred. On September 7, 1996, the tour bus carrying the singer along with her musicians and family members crashed into a truck in Entre Ríos province, leaving a death toll of seven people.
Among the deceased were Gilda, her mother Tita, and her daughter Mariel, as well as three musicians and the bus driver.
The loss of a young ascendant musician set off a wave of grief among her fans. It also opened the door for Gilda’s entrance to mainstream music, as figures from Argentine rock and pop like Leo García, Attaque 77, and Vicentico all began to play covers of her hits in their shows and even record their versions.
Her popularity peaked in 2016, when actress and pop star Natalia Oreiro starred in a biopic of the singer’s life called “Gilda: No me arrepiento de este amor.”
The tragedy had an additional effect outside music, as it solidified a phenomenon that had already begun before Gilda’s death: her transformation into a folk saint.
Known as santos populares (popular saints), folk saints are a major part of Argentine religious culture. Despite not being an official part of Catholic liturgy, figures like “Gauchito Gil” or “La Difunta Correa” are worshiped as intercessors before God just like Church-sanctioned saints, with miracle requests and all.
Stories surrounding Gilda’s miracles included a case in Jujuy in which a young fan reportedly approached the singer to tell her that she played her music to her mother, who was in a coma. Legend has it, some time later, the mother was cured of her illness. Another story described a man who allegedly regained his ability to walk after attending one of her shows.
Despite the unproven nature of these stories, the reputation of the singer as a miracle maker grew to the point where she even garnered proper sainthood: Santa Gilda. Throughout the decades, the myth has never ceased to grow, eventually turning the crash site where she died into a shrine in her memory that followers visit to this day.
Cover photo credit: Silvio Fabrykant.